La palabra compartida, el espacio de nuestra sección web dedicado a visibilizar los saberes y testimonios de quienes integran los talleres y tertulias de la Red Relata. En esta ocasión nos trasladamos a San Juan de Pasto (Nariño), al Nodo 4 de la Red, para conocer la voz de Ramsés Uscátegui Cabrera, director literario del taller Letras de libertad.
En este texto, Ramsés repasa quince años de trabajo ininterrumpido en espacios de reclusión, invitándonos a pensar la literatura como una pequeña parcela de libertad, un ejercicio de dignidad y una oportunidad para aprender a mirar al otro más allá de sus errores.
Ramsés Uscátegui Cabrera
Director literario del taller Letras de libertad
Letras de libertad nació en el año 2011. Han pasado quince años desde aquella primera experiencia y todavía, al finalizar cada encuentro, hay una imagen que permanece en mí: cruzo la puerta del establecimiento penitenciario y recupero mi libertad. Puedo decidir hacia dónde ir, cuánto tiempo permanecer en un lugar, con quién encontrarme. Ellos no. Ellos regresan a un horario, a una puerta, a unas reglas que también condicionan algo más profundo que el desplazamiento: la posibilidad cotidiana de decidir sobre la propia vida.
Quizás por eso, con el paso de los años, el taller dejó de ser solamente un espacio para leer y escribir. Se convirtió en un lugar de encuentro. La distancia entre quien orienta y quien participa comenzó a desaparecer y, poco a poco, aparecieron la confianza, la conversación, la amistad y la posibilidad de hablar de aquello que muchas veces permanece escondido.
He aprendido que acompañar también es una forma de escuchar. Y que la literatura puede ofrecer una pequeña parcela de libertad allí donde la libertad física está restringida. Una palabra escrita, un poema, una historia inventada pueden devolver por un instante la posibilidad de decidir qué decir, cómo decirlo y quién se quiere ser.
Por eso Letras de libertad no pretende únicamente formar escritores. Busca abrir posibilidades. Que cada participante pueda reconocerse como alguien que todavía tiene una voz, una sensibilidad, una imaginación y un lugar en el mundo.
Después de quince años entiendo que la libertad también puede comenzar allí donde alguien vuelve a sentirse escuchado.
Durante estos años también hemos aprendido que trabajar con personas privadas de la libertad significa enfrentarse a una mirada social que muchas veces juzga antes de escuchar. Una mirada que señala, que clasifica y que convierte el error en una identidad permanente. Frente a ella, Letras de libertad ha intentado construir otra posibilidad: mirar al otro sin desconocer su historia, pero sin reducirlo a ella.
Todos estamos hechos de contradicciones, errores, pérdidas y posibilidades. Reconocerlo no significa justificar aquello que estuvo mal, sino comprender que ninguna persona debería quedar definida para siempre por su peor decisión. El respeto comienza, quizás, cuando dejamos de señalar al otro para empezar a preguntarnos qué podemos hacer para que vuelva a participar de la sociedad.
Nuestro camino tampoco ha sido sencillo. Un proyecto que depende en buena medida de la voluntad de quienes creen en él encuentra momentos de apertura y momentos de dificultad. Existen puertas que se abren y otras que permanecen cerradas. Sin embargo, también hemos encontrado personas, instituciones y comunidades dispuestas a acercarse, escuchar y reconocer el valor de lo que hacemos.
Hoy Letras de libertad busca que las voces que nacen dentro de un contexto de encierro puedan encontrarse con otras voces afuera. Porque una comunidad también se construye cuando decide escuchar aquello que alguna vez prefirió no mirar.
Quizás esa sea nuestra mayor apuesta: no cambiar la historia de quienes participan, sino contribuir a que puedan escribir lo que viene después.