En La palabra compartida, la Red Relata abre un espacio para que circulen experiencias y escrituras que nacen en sus talleres y tertulias. Son textos que nos acercan a las personas que hacen parte de la Red y a las maneras en que la lectura, la escritura y la conversación construyen vínculos y comunidades.
En esta ocasión compartimos «La amistad es materia de salvación», de Paula Alejandra Rojas, integrante del Taller Lispector. Con una mirada atenta a los pequeños detalles, Paula reconstruye el camino que la llevó de observar desde la distancia las actividades del taller a encontrar allí un espacio de pertenencia.
Por Paula Alejandra Rojas
Ahí estaban ellos, posteando de nuevo una invitación a sus encuentros literarios. Era 2019. Los había conocido un año antes, en un taller de cuento y poesía en la Biblioteca Pública de Las Ferias y mucho de lo que hacían llamaba mi atención.
Curiosa, como siempre lo he sido, decidí seguirles los pasos. Como una detective experta, es decir, una stalker de sofá, inspeccionaba cada una de las fotografías que subían a la cuenta de Facebook del taller. Veía hombres y mujeres; libros de cuentos, de poesía, de ensayo. Veía casas de familia: salas, comedores, ventanas, escritorios. Una vez los vi disfrazados; otra vez, de viaje.
Con los meses, empecé a tomarme cada invitación a sus sesiones como un asunto personal. Sin embargo, no me animaba a asistir. A duras penas me atrevía a publicar en su grupo de difusión convocatorias a premios y becas. Tuvieron que pasar tres años para que tomara la decisión de asistir a una de sus sesiones. Fue en septiembre de 2022, en el teatro La Sala. La convocatoria anunciaba una charla con la poeta Mery Yolanda Sánchez. Camino al encuentro, pensaba en qué diría si me sentía incómoda y quería irme: «Ay, qué pena, debo irme, tengo otro compromiso» o «Hasta luego, creo que algo me sentó mal». Fueron solo algunas de las vagas excusas que planeé.
Para mi alegría y tranquilidad, ese día no tuve que salir corriendo. En cambio, fui testigo, en carne propia, de la definición que Dayro, uno de los miembros del taller, le da al colectivo: un espacio para el encuentro y el abrazo. Sí, ese día no pude vivir una realidad más literal, ya que me vi rodeada de abrazos, de palabras llenas de afecto y de sonrisas contagiosas que se extendían por sus rostros.
Solo me bastó una visita para entender que el Taller Lispector no solo es un grupo literario comprometido con la promoción y la mediación de la lectura, la escritura y la oralidad, sino también una juntanza de afectos, de pensares y de amistades. Un espacio que va más allá de la pasión que sus integrantes sienten por la literatura.
Han pasado más de tres años desde ese primer encuentro y, como han de suponerlo, después de ese día seguí asistiendo a sus sesiones hasta terminar siendo parte del taller. Y ahora que me siento a escribir este texto, me emociona darme cuenta de las innumerables historias y temas de los cuales podría hablarles. Por ejemplo, las experiencias más gratificantes (y desafiantes), las claves para la edición comunitaria y la escritura colectiva, cómo aplicar a convocatorias (y ganarlas) … pero, como dice Mafe, otra de las integrantes del taller, si tuviera que escribir sobre el Taller Lispector, escribiría sobre la amistad. ¿Y qué dice Clarice Lispector sobre este tema?
Desvanecimiento es uno de mis cuentos favoritos de Lispector. En él retrata una amistad, pero no cualquier amistad, sino una sincera; es decir, una en la que los encuentros son vibrantes, los silencios no son incómodos y el interés del vínculo se define en arrastrar los libros y los discos a la casa del otro y, con los brazos caídos y mudos, prepararse para llenarlos de amistad. Casi al finalizar el cuento, escribe: «Queríamos tanto salvarnos uno al otro. La amistad es materia de salvación». Siempre que leo esa frase, pienso en mis amigas y amigos del Taller Lispector porque creo que eso es justo lo que hacemos: salvarnos.
¿Salvarnos de qué? De la falta de empatía, de la hiperproductividad, de la desconexión del mundo con la naturaleza, de la desigualdad; de los algoritmos tóxicos que llenan nuestro día a día de notificaciones, recompensas inmediatas y contenidos personalizados; del aislamiento, de una sociedad que nos dice que está mal aburrirnos, quedarnos en silencio y descansar; de un mundo que parece saber muchísimo sobre nosotros mientras nosotros sabemos cada vez menos sobre él.
El Taller Lispector nos ha salvado de la soledad, confirmándonos, sesión a sesión, que el futuro es colectivo. Y la colectividad enseña uno de los más grandes aprendizajes que se pueden tener en la vida: estar es dar. Dar ideas, historias, tiempo, vitalidades, sueños; hacer posible la expansión. El Taller Lispector inició en las casas de sus asistentes. Luego fue ocupando un espacio en bibliotecas, librerías y parques. Y, en los últimos años, ha llegado a lugares inimaginados como páramos, humedales, montañas, canchas de tejo y galerías de arte.